Me1 convertĂ en embajador de Israel en las Naciones Unidas en 1984.
Al poco tiempo, recibĂ una visita en mi oficina de Nueva York. Se trataba de un hombre joven que querĂa verme y que aparentemente decĂa conocerme.
Ni bien entrĂł a la oficina vi que se trataba de un hombre un tanto robusto, un jasid con barba y peies.
―¿Disculpe, lo conozco? ―le pregunté.
―Bibi, ¿no me reconoces? ¡Soy Shmarya! ―me contestó.
Shmarya era miembro de Shomer Hatzair y habĂa sido un gran soldado cuando yo era comandante. HabĂa pasado mucho tiempo, como entenderán, no lo habĂa vuelto a ver en muchos años.
―Bueno, como podrás ver, me he vuelto un lubavitcher y he venido porque el Rebe quiere verte ―me dijo aclarándome el motivo de la visita.
―¿El Rebe quiere verme? De acuerdo, vayamos a verlo ―le contesté.
―No es tan sencillo ―me aclaró.
Era la noche de Simja Torá.
―Iremos esta noche ―dijo.
―¿A las siete u ocho de la noche? ―pregunté.
―No ―me respondió―. A las 12 de la noche te pasaré a buscar.
―¡Medianoche! De acuerdo.
Me pasó a buscar, y llegamos al famoso 770 de la calle Eastern Parkway, una réplica de una casa que existe cerca del aeropuerto de Ben Gurion2.
Pegado al edificio habĂa un hall, más o menos del tamaño de una habitaciĂłn. Quizá, más pequeño aĂşn. ÂżY cuántas personas creen que habĂa allĂ adentro? Miles.
Lo que ocurre es que Jabad hace milagros. HabĂa alrededor de 4000 personas en una habitaciĂłn bastante pequeña. ÂżCĂłmo pudieron hacer esto? Porque todos los jasidim estaban entremezclados y no se sabĂa bien cuál era la estructura.
Shmarya me condujo a travĂ©s de este mar de personas hasta un escenario diminuto, no más ancho que el tamaño de mi brazo extendido. Mirando a la pared, sobre dicho escenario, habĂa un podio sobre el cual se encontraba un pequeño libro.
―Espera aquà ―me dijo Shmarya.
―¿Aqu� ―pregunté intrigado.
―Siéntate en el escenario ―me dijo.
De pronto, se abriĂł una puerta. No se podĂa ver a nadie. Si bien el Rebe tenĂa un gran estatus, no tenĂa una gran estatura fĂsica.
PodĂa verse cĂłmo el mar de gente se abrĂa en dos, al igual que el Mar Rojo. El Rebe se dirigiĂł al escenario, tomĂł el libro y comenzĂł a leer de espaldas a la multitud. En ese momento, Shmarya me dijo:
―Ahora.
―¿Ahora qué? ―pregunté asombrado.
―Acércate al Rebe, ahora ―me dijo.
―Shmarya, ¡está leyendo la Torá! ―le contesté.
―¡Acércate al Rebe, ahora! ―insistió con firmeza.
Quién lo hubiera dicho, ahora era el soldado quien le daba órdenes a su comandante. Sin duda, la vida tiene sus reveses. Como dice el dicho “Donde fueres, haz lo que vieres”. Asà que decidà hacer lo que me indicaba el jasid de Lubavitch.
Me acerquĂ© al Rebe. IntentĂ© llamar su atenciĂłn sin mucho Ă©xito. Le toquĂ© el hombro, y girĂł su mirada hacia mĂ.
―Rebe, he venido a verlo ―le dije en inglés.
Y él me respondió:
―¿Solo a ver?, ¿no a hablar?
Treinta minutos, treinta y cinco minutos, y yo pensĂ©: “Esto comienza a ser peligroso para mi integridad fĂsica”.
Luego de cuarenta y cinco minutos, finalizĂł la charla. Me habĂa dicho todo lo que tenĂa para decirme. GirĂł en direcciĂłn a la multitud y moviendo sus manos consiguiĂł que todos los jasidim que allĂ se encontraban comenzaran a cantar y bailar.
Luego, ocurriĂł algo que recordarĂ© toda la vida. El Rebe y su cuñado, ambos cercanos a los ochenta años, cada uno tomĂł un Sefer Torá, y juntos se dirigieron al centro de la habitaciĂłn, donde quedaron completamente rodeados por los jasidim. HabĂa una lámpara en el techo que los bañaba de luz.
ObservĂ© a ambos judĂos ancianos con barbas largas bailando en cĂrculos con un Sefer Torá. Pude sentir la fuerza de las generaciones pasadas, el poder de nuestra tradiciĂłn, de nuestra fe y de nuestro pueblo.
El Rebe me dijo muchas cosas esa noche, pero hubo una que me resultĂł muy significativa.
―Entrarás en una casa de mentiras― y asĂ hacĂa referencia a una instituciĂłn en particular.
Y continuĂł:
―Recuerda que si enciendes una luz o una pequeña vela en una habitaciĂłn que está en total oscuridad, esa luz será vista por todos. Tu misiĂłn es encender esa vela en pos de la verdad y del pueblo judĂo ―me dijo cálidamente.
Eso es lo que he intentado hacer desde ese momento en adelante.
Eso es lo que todos debemos hacer.

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